La misma

«Y, sin embargo, es necesario escribirlo todo para seguir funcionando, al menos en mi caso.»

La misma

No soy la misma que se lanzó en un impulso o dos de inocencia a escribir su primera novela. La que se pasó varios años reescribiendo el mismo inicio cada vez que escribía un capítulo nuevo. La que “picaba” de ideas de acá y allá hasta que encontraba una que le satisfacía. La que la plasmaba y seguía con el proceso sin importarle los fallos hasta el momento en que se releía un poco y vuelta a comenzar con la rueda de revisión. La que, harta ya en cierto punto, decidió seguir a pesar de todo, terminó el texto y trató de corregirlo una vez acabado, sin éxito. La que lo guardó en el fondo de un cajón para siempre.

Tampoco soy la misma que, durante dicho proceso y después, se dedicaba a improvisar sobre una frase o foto. La que en su época más azul marino/negro fondo de océano llenó su viejo blog de textos.

No soy la misma que decidió un día, tras mil intentos frustrados de prosa y un puñado de relatos más tarde, volver a la poesía. La que lo hizo de forma inconsciente, porque surgió, porque le apetecía, por el hecho de probar algo que había dejado de lado más tiempo del que imaginaba. La que logró recopilar entonces cien poemas bajo un mismo proyecto. La que trató de corregirlos, unirlos y pulirlos. La que acabó, con el tiempo, condenándolos al cajón en cuanto maduró un poco el estilo.

Ni soy, tampoco, la de los mil NaNos iniciados sin objetivos, porque sí, ni de los terminados con textos que precisarían una poda y tala a tal escala que tocaría reescribirlos de la primera mayúscula al último punto.

No soy la misma de Ilusión, Flores o todos esos textos a medias, terminados o ni empezados que guardo por ahí, en diversas carpetas y cuadernos.

Sin embargo, sigo siendo en parte esa que un uno de enero decidió empezar un nuevo proyecto poético. La que escribió sacando lo mejor que tenía dentro en esos momentos, mientras estudiaba más que nunca. La que logró reflejar ese sentir del EIR, del proceso de preparación, y que, cuando acabó y corrigió, se sintió orgullosa de lo escrito. La que lo ha movido por todas partes, esperando su oportunidad. La que, a día de hoy, sigue creyendo en su texto.

Soy, también, la misma que ha decidido dejar en el olvido viejas ideas y reciclar otras. La que, llena de dudas, sigue planteándose cómo abordar ciertas cuestiones mientras no para de desbordarse en folios. La que se pasea con un cuaderno encima en todo momento porque nunca se sabe.

Soy la misma que, en tránsito, ha vuelto a coger la pluma, si es que alguna vez la dejó de lado, con la ilusión del primer día y se ha dejado llevar sin buscar nada más allá. La que se ha encontrado como hacía años que no lo hacía, escribiendo con el impulso más genuino y primitivo hasta llenarse las manos con el texto. La que ha resistido el impulso de corregir hasta tenerlo completo porque la experiencia es un grado y le ha dado tiempo a desarrollar ya un método de trabajo. La que sabía, porque con dos poemarios escritos y todo este proceso previo aprende, qué era lo que faltaba exactamente para que el texto estuviese completo. La que ahora revisa con más lecciones interiorizadas.

Soy la misma que ha ido de lado a lado, que ha probado y se ha acercado y alejado, según surgía. La que ahora, con Metáforas, Lettere y otras tantas ideas y gérmenes de posibles proyectos, sigue adelante siendo un mar de dudas todavía y con mil cuestiones desbordándole. La misma que ha aprendido tanto durante el camino, y lo que le queda.

No soy la misma de los inicios, y eso es bueno. Sin embargo, algo queda. Soy la que ahora recoge esas piezas, mira atrás y construye cosas nuevas. Y las que faltan, porque esto todavía es el comienzo de un camino para toda la vida. Y yo sólo he recorrido un trayecto de casi trece años.

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