Cuando brotan las letras

«Siento desde ese día como si hubiese dicho todo lo que tenía que decir y ya no quedase nada por comentar.»

Cuando brotan las letras

De una forma que duele, a unos niveles que navegan a varias profundidades. Así me siento de un tiempo a esta parte intentando cuadrar todo lo que llevo adelante, todo lo que aspiro a controlar y tener entre mis manos como algo propio, algo diferente, algo a lo que llamar mío sintiéndome orgullosa por ello.

Si aspiro a todo ello es porque lo persigo como meta.

Había dejado de lado mi reto 250 durante semanas. Había parado de escribir, me había sumergido demasiado en el día a día, en quitarme de en medio todo lo pendiente. Como si esa frase del inicio, sacada del cuaderno, hubiese sido un vaticinio claro. La hoja en blanco me había golpeado y me había alejado de lo que quería con más ganas. Como si hubiese perdido algo importante para mí en el proceso.

El blanco como dueño de mi cuaderno, de mi pluma, de mi creatividad.

Me reencuentro entre las notas que ando leyendo para corregir. Leo pequeñas porciones de lo creado y línea a línea dudo de nuevo, una y mil veces, hasta que veo que voy acercándome a lo que persigo. La corrección se eterniza entre preguntas, entre pausas, entre dejarlo para más adelante, para otro momento, para ver si consigo extraer algo más de lo escrito.

Y, mientras, escribo. Las letras no dejan de surgir. Brotan de pronto, sin esperarlas. Aunque hubiese pensado antes, hace no demasiado, cuando inicié mi último cuaderno y finalicé mi último proyecto, que ya no tenía más que decir me sorprendo pensando. Lo hago en un día señalado en mi calendario, el Día de las Escritoras, y lo hago entre nolotiles, primperanes, tazoceles y amoxicilinas, manejando de forma automática jeringas y agujas. Lo hago como cuando cocino, la tarea entre mis manos, la mente abierta a los diversos pensamientos que surjan.

Y me emociono, como siempre que se me ocurre alguno de estos pensamientos que consiguen reordenar mi puzzle mental. Esta vez es algo sencillo, algo que enlaza con los acontecimientos de las últimas semanas.

He vuelto a acercarme a esos poemas con otros ojos, ojos de quien busca más allá y ansía seguir escribiendo, la que lo ha seguido haciendo. Me he vuelto a ilusionar con el hecho de rescatar de todas las páginas que tenía en papel hasta la fecha un puñado de ideas que aún no he sido capaz de esquematizar del todo pero que aspiro a escribir a lo largo de noviembre. Me he planteado incluso la locura de hacerlo a mano, de llevarlo conmigo a todas partes, y gastar toda la tinta verde que tenga cerca para plasmarlo con mi letra. He vuelto a sumergirme en el mar de dudas que supone retornar a la prosa después de tanto tiempo condensando mis letras en versos, las preguntas y cuestiones de escribir algo más largo que todo lo escrito hasta la fecha, una historia de verdad, la misma que llevo queriendo contar desde hace unos ocho años.

El pensamiento fue claro, tan claro como el suero fisiológico de cien que tenía en mis manos, como el carro de medicación al lado, como la carpeta de tratamientos sobre la encimera donde me esperaban varias medicaciones más por cargar. Porque esa soy yo, en esencia: la enfermera que vive con algo de papel en un bolsillo y un boli de cuatro colores en el otro, lista para cuidarte. La misma que, si se inspira en mitad del turno, buscará ese bolsillo salvavidas donde guarda el papel y anotará corriendo una frase, una sensación, una vivencia y creará en torno a ello.

No podría dejar de escribir ni aunque quisiera.

 

PD: La semana próxima no habrá entrada nueva en Plan de Cuidados Literario. Disculpen las molestias.

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