Fin de contrato y memoria

Cuando se acerca la fecha de fin de contrato diversos pensamientos me asaltan. Los escribo, los plasmo en papel. Y ahora, que acabo el último de mis contratos como enfermera, comparto por aquí mis sensaciones.

Fin de contrato y memoria

Me gusta escribir sobre los sitios en los que he trabajado o donde he estado. Mucho de ello ni siquiera ve la luz aquí, lo dejo en un lado más personal (que mis urperas tienen presente, por ejemplo, en forma de poema pegado a la pared). Gran parte incluso reposa para siempre en el cuaderno, entre otras páginas porque a mí las historias, lo personal y lo profesional se me mezclan, dependiendo de las fechas.

Ah, la magia de los cuadernos.

Algunas veces lo comparto en esta página digital de aquí porque me gusta volver atrás con el tiempo, en cualquiera de los casos, y hacer memoria. Es un ejercicio interesante.

Mucho de lo que escribo en esos casos apela a la faceta menos profesional en apariencia porque me centro en vivencias o en anécdotas que me hayan marcado de una forma u otra. Son las que luego me hacen recordar dónde estuve, qué hice y cómo estuve en esos sitios, mucho más que las técnicas en sí que hiciese. Me gusta hacer memoria sobre esas unidades donde he trabajado en base a estos detalles.

Los neonatos que he acunado junto a mi dolor de entonces. Todas las canciones de Slipknot que les canté como si fuesen nanas. Las alarmas continuas. Los padres y el piel con piel. Las flores de papel.

El contrato de Cabra que me salvó y los viajes que hice ese verano. Los conejos saltando por el monte a las siete y media de la mañana o la niebla en el camino, entre olivos. Toda la Medicina Interna que he vivido desde las prácticas hasta entonces y en otro contrato después, tanta que me creía convencida que era “bichito de Interna”. El “que Dios te bendiga esas manos” de una señora mayor tras hacerle una gasometría. Los poemas en la carretera.

Los días que llegaba tan pronto a Oftalmología que encendía los equipos, me cambiaba y escribía a solas un rato antes de empezar la consulta. Las tardes en Trauma después, junto a una compañera muy viajera, hablando de Fallas sin parar a dos pasos de la Feria de Málaga.

Esa URPA tan increíble. Las risas. La pizarra dibujada y decorada para Navidad, el árbol hecho de sueros, el roscón de Reyes, las Fallas y los buñuelos, todas atendiendo con nuestro pañuelo fallero. La despedida más amarga de todas.

Las mañanas de madrugón y escritura, mucha escritura, para ir a la residencia. Las curas hechas mientras oía por megafonía la misa diaria. El simulacro de incendios y la monja más cañera de todas apagando fuegos con el extintor. La despedida de todas las señoras de allí.

El calendario patas arriba cada poco. El estrés. Las mudanzas. Trauma, mucha trauma, y las curas que me han llegado hasta a inspirar poemas. La manta. Mis predicciones de bruja (que se cumplen). El acoso y derribo descarado, incluso a gritos. Las hojas de felicitaciones. El belén urológico. Los versos de Espronceda en la mente. 

Acabo una etapa con este fin de contrato y, la verdad, esta vez no sé cómo enfocar la entrada. Me estoy volviendo melancólica por momentos, así que la dejo así, como un recortable de momentos profesionales pasados y presentes. Puede que no tenga mucho sentido a ojos ajenos, pero para mí está cargada de un montón de recuerdos y vivencias. Porque ser enfermera va más allá de un puñado de técnicas, tiene también su componente humano y nos hacemos a nosotras mismas a través de los sitios donde estamos y las experiencias vividas.

3 Comments

    • Isabel Garrido

      Es obvio, porque son experiencias personales. Pero era de esas cosas que necesitaba soltar por aquí como importante para mí. Hacer este tipo de entradas hace que disfrute más de este espacio, de mi web, y del proceso creativo que trae consigo. Me aporta más que algo aséptico sobre técnicas y cosas vistas.

      Feliz Navidad.

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