Hace unos días me saltó en mi muro de notas de Substack esta publicación de Paula Melchor:
No he podido sentirme más identificada.
Como alguien que lleva años, muchos años, escribiendo en este blog pudiera parecer que todo lo que escribo es prosa. Pero en mi día a día mucha de esa prosa, contenida en un cuaderno, son estudios y aproximaciones, preguntas y respuestas, experimentos que intento llevar a mi fin último, el poema.
Cuando he estado preparando el último libro, leyendo y repasando notas, la cabra siempre ha tirado al monte y la forma final de lo escrito está cortada en verso. Que el libro lo haya construido con un trasfondo, con ciertas imágenes y ciertas lecturas solo ha sido por dotarle de profundidad. ¿Por qué no documentarme para el poema? ¿Por qué la documentación solo es posible concebirla para la narrativa y el ensayo? ¿Por qué parece ser que si una lleva escribiendo un tiempo al final debe morir sí o sí en la prosa, si no es lo que quiero en este momento?
Y me lo pregunté antes de empezar a escribir el libro. Me lo estuve cuestionando bastante, poniendo sobre la mesa las posibilidades que tenía para contar lo que quería contar. Al final tuvo que venir un poema rescatador, improvisado y poderoso, para devolverme al camino por el que he ido siguiendo casi sin tropezones. Qué iba a hacer yo con la prosa si seguía ese camino: atascarme una vez más en el intento de escritura, me lo estaba diciendo claro ese poema. Debía hacerle caso.
Transito la senda de los márgenes. Hace bastante tiempo que soy consciente de ello y soy feliz en este camino que he elegido. Me siento cómoda expresándome como me apetece y experimentado con ello. A mi modo y a mis ritmos. No siento tentaciones de volver a la narrativa, aunque a veces me haga preguntas según el tema que haya escogido escribir. Pero el poema siempre es la respuesta. Siempre es acogedor. Siempre puedo volver a él y darle una nueva vuelta de tuerca. Su flexibilidad me conquista por completo.
Y por eso debo darle la razón a Paula Melchor en su publicación.