En estos momentos colecciono chispazos.
Ligeros fogonazos que acuden de pronto, fugaces, y desaparecen sin dejar rastro. Toca ser más rápida que ellos para plasmarlos y no siempre lo consigo. Llegan, además, cuando menos me lo espero y, tras irse, no vuelven. Si eso, el siguiente que surge, nuevo chispazo, será cuando sea, cuando toque. Tarde lo que tarde.
No tienen prisas y yo tampoco, así que espero pluma en mano. Invoco a la suerte frente al cuaderno cada mañana, pero me cuesta. No siempre aparecen. No siempre consigo que las sesiones sean productiva, que surjan las palabras como corresponden.
Los fogonazos se toman su tiempo. Habitan en los silencios, se esconden en los recovecos de las líneas torcidas que no iban a ninguna parte. A veces viven entre las líneas de una canción que he escuchado mil veces y a la mil y una aparecen. O en un parpadeo entre curas, entre domicilios, se deja intuir. No presiono tampoco, sé que ya saldrán cuando toque.
Mientras, investigo y exploro todas las posibilidades a mi alcance. Todas me convencen y a la vez no. Trazo caminos imaginarios, decido que ahora me interesan en un rumbo y lo sigo hasta donde pueda, a ver hacia dónde me lleva. Al día siguiente, o a la semana siguiente, ya será otro. Y a la siguiente ya veremos.
Sé que en algún lugar se oculta, como un tesoro, el fondo donde reposa la clave de todo. Cuando lo encuentre sé que la escritura será más continua. Mientras tanto, sigo coleccionando fogonazos como chispas creativas. A ver dónde me llevan.
