Cada día que pasa trato de sumarte algo: una línea, una imagen, una anotación rápida o una lectura. Lo que sea que me reconcilie con la idea de escribirte y no dejarte en una pausa indefinida que dure a saber cuánto tiempo. No sentir que te abandono porque me pierdo en otras cosas, en definitiva.
Sabes de muchas noches en las que estoy convencida de ello. Que acudo al cuaderno y me quejo amargamente, doblo páginas dando vueltas a los mismos temas y pienso de todas las formas que puedo cómo acercarme al texto. Si me acerco o me alejo. Si cada vez que pruebo suerte con esto de pensar estoy de verdad escribiendo, si estoy de verdad creando. El texto en sí es lento de escribir y voy insegura y tímida con todo lo que tengo en mente.
A ratos paso a limpio parte de lo que consigo que cobre sentido. Me enfrento entonces de forma directa con el resultado de mis imprecisiones y dudas. Es cuando tú eres tú en realidad, sales en la pantalla, creces y te muestras como eres, con todos sus ángulos y aristas. Es cuando soy más consciente que nunca de lo que tengo entre manos, más incluso que cuando soy pura duda inundando página tras página de tinta.
Hoy me has devuelto el salud, como solo tú sabes hacerlo. Me has mirado a los ojos en mis torpes intentos de no pelearme de más con el tabulador. Nos hemos mirado fijamente y has decidido disolver la niebla mental con sabor a preguntas y miedos, despejar incógnitas y darme algo de aliento.
Pequeños pasitos de hormiga y la constante sensación de que solo estoy arañando la superficie, pero no necesito más para seguir escribiendo este proyecto, solo esa certeza. Gracias.
Despacio, pero avanzo. Llar empieza a cobrar forma y sentido.
