Silencio (parte 2): de cuando se escribe con la mirada perdida

Silencio (parte 2): de cuando se escribe con la mirada perdida

Continúo la búsqueda, cuaderno y pluma en mano.

Busco entre los silencios sumergidos. En mitad de un mar de notas musicales y de escalas que apenas entiendo a analizar distingo sonidos subterráneos enterrados. Cantos que permanecen esperando a ser entendidos mientras se repiten eternamente, en un bucle de canciones en apariencias sencillas. Y es en una línea de bajo, en un redoble de bombo, en un sonido soterrado en mitad del mar de instrumentos donde me encuentro, donde me repito en bucle, donde me hallo frente a un cuaderno que permanece en blanco desde hace semanas.

Me busco en los libros que atesoro, en los que guardo en la estantería esperando ser abiertos y en los que ya leí y sé que volveré a sus páginas para reencontrarme. Me busco en fechas del calendario, en oportunidades, en la tarde pasada tecleando sin ni siquiera mirar la pantalla, en trance, mirando hacia otra parte mientras los dedos escriben y avanzan por mí. Mis listas de lecturas dicen más de mí y de mi escritura de lo que dirá jamás el cuaderno. Las playlists reflejan los momentos intensos y los que no son así, reflejan los minutos intentando encontrarme, el chispazo de luz que así surge de pronto.

Y todos los silencios aparecen reflejados día a día, minuto a minuto, cuando el papel sigue esperando impaciente, cuando Scrivener permanece sin ser abierto, los minutos se suceden, los días con ellos y ni una coma aparece. Cuando más allá de cuatro pinceladas escasas no existe nada más y me planteo si de esto puedo llegar a escribir algo más. ¿Qué surgirá cuando sea capaz de plantear las preguntas adecuadas? ¿Qué seré capaz de escribir? ¿Seré capaz de encontrar palabras para lo que parece que está creciendo dentro? ¿Seré capaz de conseguir que florezca y dé frutos las ideas que guardo y quieren ser escritas para poder darle las palabras adecuadas?

Mientras, la tarde oscurece. Las preguntas, las impresiones, los momentos de mirar hacia algún lado para que fluya la mente sin ataduras se va oscureciendo con el cielo al otro lado de la ventana. Y cuando esto sea oscuridad total a las cinco y media de la tarde, ¿qué será de las palabras? ¿Qué será de mis ganas de poner por escrito? ¿Qué será del silencio que ahora me arropa en mitad de la tarde, roto a medias por la música en los auriculares, por una canción en bucle con la que me encuentro, con la que me entiendo? ¿Qué podré crear entonces si ahora no lo tengo claro?

Dejo que la noche se vaya apoderando del salón, del sofá, de mi teclado vagamente iluminado por la pantalla del portátil mientras la vista vaga al otro lado, observando a través de una ventana que me devuelve el reflejo. Me veo como la que ve a una extraña, alguien a quien no conoce y a la que espera conocer. Es mi impresión constante con todo lo que quiero escribir ahora y siempre: en realidad el texto está delante de mí en todo momento, aunque no haya salido. Solo es cuestión de encontrarlo, conocerlo y sacarlo a la luz.

En realidad todo surge del interior.

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