Tomar contacto con los versos. Rodearlos con los brazos y arroparlos como a un niño pequeño antes de dormir. Acunarlos, susurrarles sonidos inventados para que se duerman. Sisear bajito, calma total, silencio y oscuridad. Dejarlos quietos, en reposo, taparlos bien y besarlos.
Alejarte, alejarte del verso. Acercarte al teclado con la actitud de quien se acerca a algo misterioso que no puede ser nombrado. Que las teclas cobren vida en mitad del silencio, con el anochecer o el amanecer fuera, con todo a favor para que la escritura sea. Y que la escritura sea se convierta en lo más importante que suceda.
Acercarte más a la pantalla, que no se escape la palabra, que no sea esquiva. Acercar la vida al borde del teclado, al filo de la pluma, que todo suceda. Que se vuelque el tintero en estas páginas y acabe manchándolo todo, tiñendo con su color único e indefinible todo aquello que haya rozado estas superficies. Que no se marche la mancha, que se quede, que suceda. Que el recuerdo brote de la madera, del cursor parpadeante, de todo cuanto se apoye en esta mesa.
Anotar la fecha. La de hoy, la de aquel día, la que pensaba que no haría ni falta. Anotar sin parar, llenar los márgenes, pura anotación, puro mapa de afectos y deseos de escritura enrollados entre ellos. Todos los por si acaso contemplados y transcritos, todos los tientos a manos por si tuvieses que volver a ellos.
Volver a los desvaríos, a las inquietudes. Que permeen y empapen, que empañen los cristales, que se añadan como una fina capa húmeda a todas partes. Algo pegajoso y que no se pueda retirar fácilmente. Algo que quisiera cambiar el sentido a lo escrito pero no lo consiguiera. Volver a todo eso que inquieta porque donde sucede el temblor está el borde del cambio y el inicio de la palabra. En ningún otro sitio, solo ahí.
Tomar contacto de nuevo por el verso. Preguntarte de nuevo hacia dónde se dirigía todo. Qué rumbos estudias buscar. Qué has intentado tantas veces que ya ni sabes qué escribir. Qué estás escribiendo sin saberlo. Tomar la temperatura a todo, sentir su calor, volverlo a arropar y dejarlo descansar en el regazo. Mañana quizás sea otro día, pero tocará sacarlo a la luz de nuevo y que la escritura sea prolífica.
