Con c de crecimiento

Con c de crecimiento

La realidad de cuando el libro existe: se escribe incluso sin pretenderlo, sin pensar en él. Aparece por el camino continuamente, pidiendo atención. Lo que hace dos meses parecía sólo unas ideas sigue creciendo.

El paseo es tímido y casi inexistente. Se compone de los pasos de casa hacia el autobús y, sobre todo, de los pasos del autobús hacia el centro de salud. A primera hora de la mañana todo está solitario, solo me encuentro conmigo misma y con mis pensamientos mientras las primeras luces del día dan color a las banderillas que van de lado a lado. Todavía resisten. Cada vez que las veo siento que esa calle se ha congelado en el tiempo, que me muevo por ella como por otra dimensión porque en ese silencio todo se magnífica y las sensaciones crecen.

No son demasiados metros, no da juego para mucho. Pero cuando un libro está creciendo y va latiendo poco a poco, dispuesto a salir a la superficie, son los justos como para sentirlo. Como para que la sensación me invada y tenga la urgencia de plasmarla. Ya. Cuanto antes. Lo más rápido posible.

Porque sigue creciendo. Porque contra toda esperanza puesta en ninguna idea, esta ha arraigado. He necesitado muchos meses para volver a ser yo. Cambios, probar nuevos ámbitos, asentarme lejos. Limpiarme de toda la parte de mí quemada por el exceso (de horas, de trabajo, de mareos, de sobrecargas, de estar en todas partes sin centrarme, de ser parche para todo continuamente durante casi nueve meses). Y con la calma he quedado, con el tiempo me he recuperado y una idea, otra y otra, sin demasiado peso ellas, se han juntado y se están abriendo paso a través de mí.

Ahora vivo arañando escasos segundos al tiempo. Usándolos a mi favor para que este cúmulo de sensaciones no se pierday continúe, se perpetúe en las páginas. Algo rápido, algo veloz. Algo que pueda anotar en lo que tarde en abrir la puerta y llegar a la taquilla para cambiarme. A partir de ahí pasaré a estar en tensión continua, como todos mis compañeros, bajo la asfixia de la mascarilla, las gafas y la pantalla empañadas. Sin ver demasiado. Sudando bajo la bata de plástico azul (como un hule) del EPI. Perdiendo la magia captada en mis pasos hacia el trabajo. Un día más. Y un día menos.

Lo que está creciendo en mitad de la maleza, entre tanta espina y mala hierba, debe ser tratado con mimo y, poco a poco, rescatado para evitar su olvido.

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