Todos los que somos creativos tenemos listas de ideas. Largas o cortas, todas se van acumulando ahí, esperando que les llegue el momento propicio para su desarrollo.
Algunas sí encuentran su momento. Tienen su grado mayor o menor de desarrollo, pero siguen adelante. A veces ven la luz, a veces aguardan una corrección posterior, a veces se fusionan con otras, pero tienen un fondo que hacen que salgan adelante y aguanten. El formato final es lo de menos. Estas son las más visibles, de forma obvia, y muy agradecidas.
Otras reposan para siempre en el fondo de esas listas eternas. Las ves ahí cada vez que acudes a ellas buscando inspiración, las miras y te recuerdas lo buenísima idea que te parecieron cuando las apuntaste aunque ahora no signifiquen lo mismo. De ahí nunca salen, esperan eternamente, ahí se quedan. No pasa tampoco nada, es bueno que estén ahí en ese espacio. El mero hecho de su existencia da lugar a otras ideas por asociación, así que ya por eso merece la pena que sigan ahí anotadas, no borrarlas.
¿Pero qué pasa con esas ideas que se llegan a trabajar pero no llevan a ninguna parte? ¿Qué ocurre con lo que se empieza a abocetar y de ahí no pasa, por más que se intente? ¿A dónde va todo eso?
El limbo de lo empezado y lo no terminado, ese lugar-no-lugar donde reposa lo que se intenta crear pero por lo que sea no se puede seguir: llegaron otras ideas más poderosas, no es el momento adecuado, se ha perdido la chispa, o el motivo que sea. Lo que llamo la papelera de las ideas, aunque no con el sentido de lugar donde verterlas para eliminarlas de forma definitiva. Más bien con el sentido de acúmulo de papeles, notas y comienzos, descartes y otras cosas que no llevan a nada, con el dolor de ese tiempo dando vueltas a un callejón sin salida.
Aún así me resisto a dejar ir esas ideas de la papelera. Las miro con el cariño de quien ha dedicado su tiempo a hacerlas crecer, aunque no pudieron. Las abrazo como parte de mí que por lo que sea llevaron a un punto de no retorno. Y en una de esas listas eternas que no llevan a ningún lado las deposito. Puede que el tiempo haga su criba correspondiente y salgan de mi vida para siempre. Cumplieron su función, en su momento me hicieron escribir y lo agradezco. Puede que permanezcan en la papelera más tiempo, que las mire de reojo, las vuelva a leer confiando en encontrar el eslabón perdido en el que se diluyeron, decidida a reciclarlas y traerlas de nuevo a la palestra, aunque sea con otro envoltorio. Puede que se queden ahí, que sean esa prenda del fondo del armario que ya no te vale pero te encantó, te recuerda algo importante y solo por el hecho de contemplarlas y saber que existieron y fueron importantes decidas conservarlas.
Aunque vivan al fondo de la papelera de las ideas.
