A la página en blanco le da igual todo.
Escribo bullendo. Disparando hacia la negrura de la página en blanco. En el surco que mi pluma traza en este lienzo que todos pensarían tan sencillo de llenar el vértigo se apodera de mi puño. Los azulejos de la portada de ahora significan otra cosa. Esta página, también. En la corriente de aire habitan voces que no sé bien qué dicen ni qué significan. Solo sé que en el trayecto de esta pluma hago de receptora de todas ellas. En caso contrario, ni las escucharía.
El reposo transforma todas las pretensiones. Las aterriza, las hace visibles. Las palpo y transformo en imágenes luminosas que bailan ante mis ojos. Ensayo y error con el verso, palabras que revierto, espacio que mando a notas inconexas y otras visitas igual de oníricas. Mezclas que considero imposibles y que trato de apresar, que no se pierdan para siempre.
Quién sabe hacia dónde viajan los pensamientos. Recorro mundos en un suspiro, aterrizo. La página se antoja un agujero negro que se traga mi inventiva y yo soy una polilla que se encamina a sus adentros, atraída quién sabe por qué clase de luz que nadie más ve, que es imposible que exista. Me lanzo a sus brazos, esperando aterrizar como sea.
El resto desaparece. Solo quedan los recuerdos. La permanencia se antoja tan efímera como un suspiro, algo que sabes que ha pasado y no se retiene. Silencio. Voces apagadas. Otros fondos, otras metas. Una y otra vez pretendo contenerme en un cuaderno que se abre, que recorro con diversas tintas, que acaricio con diferentes plumines. Todos los ensayos recuerdan el gran tema que me planteo al escribir, pero cuando llega el momento me difumino, presa del cansancio que se intuye al fondo de ese agujero negro que es la hoja de cada día. Silencio. Me disperso.
Y a la página en blanco le sigue dando igual.
